Queridos María y Ricardo:

Quería daros las gracias por la felicidad que sentí ayer, y deciros que conseguisteis lo que pretendíais: abrir los ojos a los chicos que hoy comentan a sus profesores lo impresionados que quedaron ante la representación.

Por mi parte, gracias por permitirme ver a este “animal escénico” que me dejó contemplar cómo pasaba la muerte de la vida a través de los ojos de ese vejete pobre, achacoso, temblón, perfecto, genial, excepcional. No tengo palabras. Con esto sólo, ya hubiera merecido la pena. Y con esa cruz que es espada (nunca se me había ocurrido darle la vuelta) y me dio tanto que pensar.

Ricardo que me llevó a la locura histriónica de Calígula. Ricardo, ventrílocuo, que me enseñaba que sueño lo que soy en una apuesta completamente original. Ricardo que me hizo llorar con lágrimas reales y no metafóricas, ante esa madre en su final. Ricardo Hamlet. Ricardo que pasea por calles llenas de sangre. Ricardo que grita ante la injusticia como Munch. Y Ricardo que hace otra representación espectacular cuando nos cuenta, al final, por qué se hizo actor. ¡Qué joya! Y no estaba en el guión ¿o sí?

María: estupendo tu prólogo, necesario para que los chicos comprendan que el teatro es el eco y el arma para contar lo que hay alrededor. ¡bendita función catártica! Por nuestra parte, quizá un fallo: no haber leído antes los textos con los chicos.. Los que conocían,(los monólogos de Segismundo o Hamlet), adquieren una dimensión nueva cuando se los hacen “sentir” y entonces valoran más el oficio de actor.

Ah! Y la selección de la música, fantástica. En fin, María y Ricardo, muchas gracias por todo.

Un abrazo.

Susana. Cardenal López de Mendoza.

Cardenal López de Mendoza,